CRITICAS DESDE LA RAZON A MI YO INTERIOR

Publicado el 17 de julio de 2022, 12:59


En algún momento de nuestras vidas somos conscientes al fin que el tiempo no se detiene.
Luchamos por no perder la juventud, tal vez luchamos más por no sentirnos viejos. Nos esforzamos inútilmente, por mantener todo en su lugar, por complacer y tener contentos a todos.
No hay cremas, ni mascarillas que borren las marcas de lo vivido. Las alegrías, tristezas, trasnochos, enojos y decepciones, dejan huella en nuestra piel y en el alma.
Tomamos vitaminas, colágeno, limón, jengibre, avena, vinagre de manzana, miel, Omega y cuanta fórmula mágica nos recomienden. Al fin aprendemos a no llorar tanto. Dejamos de pelear, de defender nuestras razones solo por tener paz y tranquilidad. Aprendemos a asumir tanto, llevamos tantas cargas a la vez, que dejamos de reclamar ayuda y apoyo. Entendemos que nuestro cansancio nunca va a superar el de los demás. Aprendemos a convivir con el desorden o a combatirlo en silencio.
Comemos menos para llenarnos de hambre porque el espejo es cruel y sarcásticamente honesto, cada mañana. Nos volvemos prácticas, ágiles, olvidamos el maquillaje, la plancha y el secador. El reloj se transforma en un acosador. La cocina se convierte en nuestra amiga y maestra. Las compras, en una maratón. Los oficios de la casa, en el gimnasio. Y el trabajo, en nuestro motivador personal.
Usamos mil listas para no olvidar nada, las tareas, las compras, el trabajo, los gastos, las cuentas, los oficios de la casa. Somos expertas en agendas, horarios y tiempos. Tenemos la facultad de pensar en todos y hacernos a un lado.
Ahora sudamos cuando hace frío, empezamos a sufrir los ataques de calor, hipertensión, úlceras, achaques de salud. Pero nuestra salud jamás está por encima de nadie. Quién lo creyera, increíblemente, ahora hasta dormir cuesta.
Un día nos damos cuenta que no hay tacón cómodo, que la ropa se ve linda en la vitrina, pero cuando nos la probamos cambia. Percibimos que no vemos nada sin gafas, que las canas aumentan sin compasión, sin contar, con que cada vez es más difícil que el tinte las cubra.
Por fin empezamos a aceptar que nuestra cintura se va desapareciendo, que el abdomen plano los reemplaza las estrías, que nuestras piernas tienen arañas y nuestras rodillas se van redondeando.
En algún punto, nos cansamos de intentar ver en el espejo, a aquella joven que fuimos. Simplemente porque se refundió en lo más profundo. Es increíble, pero descubrimos que nuestros talentos, tienen un lado oscuro y generalmente no brillan en la casa, que los hobbies están reservados para la vejez.
Llega ese momento que al mirarnos de frente, sin luz cálida, ni sombras y sin filtros; por fin aceptamos que el tiempo pasa, que no se detiene y por su puesto no regresa. Comprendemos que hemos vivido y que se debe vivir la vida que nos queda de la mejor forma.
Respirar, retomar y no rendirse son los aprendizajes del día a día. Las frustraciones saben mejor con café. La música se baila, se disfruta, se siente y se canta, así sea en la ducha. Las películas transportan, despiertan emociones y roban sonrisas. Los libros enriquecen, enseñan paciencia y constancia.
Dicen que las mujeres debemos hablar mucho por naturaleza, pero con el tiempo perdemos el entusiasmo por las conversaciones largas y profundas. Aprendemos a pensar mucho, disfrutamos del silencio, expresamos muy poco, disfrutamos los aromas, los sabores, los recuerdos y algunas encontramos en la escritura a nuestra mejor amiga. Como lo diría la sabiduría aprendemos a guardar todo en nuestro corazón.
Somos víctimas de lo que contamos, de lo que decimos. Parece que tenemos un don averiado para hablar, solemos decir algo y se entiende o interpreta lo contrario; cuántas veces nos frustramos con todo esto. Las decisiones difíciles nadie las entiende y siempre tienen muchas críticas. Esperar casi siempre duele, así que archivamos las expectativas de todo y todos, eso solo para ganar tranquilidad.
En algún momento el silencio y la soledad se transforman en nuestro mayor aliado; aunque hay que confesar que cuesta aprender a disfrutarlos.
Descubrimos que cada cana es un aprendizaje, que cada arruga es una experiencia, que cada cicatriz un recuerdo. Que esconder la barriga, sacar pecho y cola cansa. Reconocemos que nos hemos olvidado de nosotras mismas, de nuestra esencia. Y lo más importante, que nos estamos volviendo viejas.
Siempre habrá mujeres más jóvenes, más bonitas, la belleza es infinita y la comparación es el ladrón de la felicidad y ni siquiera vale la pena.
Empiezas a asimilar que la vida se acaba, que los hijos crecen, que cada vez te necesitan menos y eso en lugar de ser un motivo de tristeza, es el mayor orgullo. Que honor el poder ser madre, que gran reto, que enorme privilegio.
Aún nos queda mucho por vivir, por aprender y disfrutar, se siente como tener un segundo aire, un nuevo comienzo. La oportunidad de disfrutar lo que somos, con todo lo vivido y aprendido.
Liberarnos de las capas superficiales donde menos es más, disfrutar de los simple. Ir con calma. Aprender a vivir es de las cosas que tal vez nunca dominamos por completo, pero seguramente valdrá la pena cada intento.

 

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