MI LUGAR FAVORITO

Publicado el 26 de febrero de 2020, 12:59

 

Cuando era niña, no tenía un amigo imaginario como todos los demás, tenía un lugar imaginario, solo para mí. Allí podía invitar a quien yo quisiera, aunque disfrutaba de estar sola. Era una cabaña de madera elevada por un lado un enorme camino ancho muy bien demarcado en medio de un gran bosque súper cargado de flores y árboles, me gustaba imaginar su aroma, me gustaba pensar que había muchas aves de colores, que cantaban, conejos en sus madrigueras, micos pequeños y amistosos, ardillas y osos muy mansos. Por el otro lado el mar, golpeando con sus olas las bases de la cabaña. Soñaba con vivir frente al mar, con la sensación que vendían las películas de salir con los zapatos en la mano y caminar por la arena, justo en ese borde donde pega el agua, oír las olas y sentir esa brisa cálida. La cabaña era grande, con unos tapetes de colores, tan peludos y suaves que tapaban mis pies. Un columpio acolchado y cuadrado, siempre había una cobija suave cita, allí podía leer, dormir y ver el mar, mientras me mecía suavemente. Del otro lado, una mecedora súper acolchada y cómoda para leer con vista al bosque para entretenerme mirando los animales. Muchos cojines enormes en el piso. Una cama de agua, puesta en la mitad, con el techo de cristal para ver muy cerca las estrellas y la luna. Todo el borde inferior de la cabaña estaba hecho con unas repisas, llenas de libros. Había música. En una esquina, una tina a mi medida, con agua tibia y espuma de colores. Podía tener un mal día, pero apenas podía cerrar mis ojos corría a mi lugar imaginario y disfrutaba recorriéndolo, soñándolo y viviéndolo así fuera en mi imaginación.
No recuerdo en qué momento perdí la capacidad de cerrar los ojos y transportarme allí. Pero cada que piso la arena y el mar recuerdo lo que sentía cuando soñaba con ese lugar.

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