EL DIA 14600

Publicado el 16 de noviembre de 2020, 11:01


Y llegó ese día, uno más después de tantos que luchaba por ser diferente a los demás. Uno que requería especial cuidado, para almacenarse. Finalmente pasaría a la memoria inevitablemente, marcado por la pandemia, el distanciamiento, el tapabocas y las restricciones. Desde muy temprano repasaba una y otra vez las memorias, algunas demasiado profundas, otras difíciles de recordar con claridad. El día empezaba entre regalos, sorpresas, emociones encontradas, nostalgias, producto de balances generales y uno que otro muy específico. Mirar atrás para encontrar la identidad del día, que quería evitar parecerse a otros. Avanzar de la mano de las personas más valiosas, las más importantes, recibir mensajes, llamadas. Pasan las horas, se deben revisar las cosas buenas, de las buenas, para conservarlas y abrazarlas. Hacer la difícil lista de los tesoros que se pueden conservar para siempre. Buscar cuidadosamente las cosas buenas de las malas para intentar registrar ganancias y aprendizajes. Finalmente la vida se resume con las cuatro operaciones, que determinan ganancias, pérdidas y resultados. Este día, tiene la enorme responsabilidad de revisar los sueños cumplidos, los archivados y replantear unos nuevos. Solo 24 horas para actualizar el estado de resultados a la fecha, para llenarse de nuevos sueños, para llenar de emociones los que faltan por cumplir, inyectar con entusiasmo los que van a medio camino. Hacer correcciones de último minuto. Unas pocas horas para plantear estrategias creativas cargadas de sentimientos para iniciar una nueva década. Mediar con la mente activa, llena de todo el conocimiento acumulado, las experiencias, las emociones que nunca dejan de sorprender y un cuerpo que ya debe escoger que comer, cuidar la sal, el dulce, parece que empieza su etapa de cansancio, por no nombrar las primeras canas, ese lejano inicio de la vejez. Son muchos días los que nos han traído hasta este punto, muchas las cosas para agradecer. Tantos privilegios. Otras muchas para aprender. Y el montón que aún faltan. Definitivamente, siendo humanos e imperfectos, cuesta entender y aceptar que Dios nunca se equivoca, nunca llegar tarde, su tiempo es perfecto, desde el inicio hasta el fin. Para el final de este día, sólo queda un enorme sentimiento de agradecimiento, doblar las rodillas y pedir mucha sabiduría para seguir adelante, sin desviar el camino, con la oportunidad de reconocer y corregir los errores, viviendo hasta el día permitido, con el único objetivo de alcanzar esa eternidad llena de sonrisas. Ese cielo sin tiempo, sin afanes, sin temores, rodeada de todos los que amamos para siempre.

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