LA PUERTA DEL PACIFICO

Aquel día, después de tanto caminar, Juan casi rendido vio aquel sitio que sobresalía cerca del río, se dejó llevar por un aroma cautivador que lo atraía a ese lugar. Aunque Juan estaba agotado, usó sus últimos alientos para llegar hasta allí. Las deliciosas piñas que encontró lo alimentaron y llenaron de fuerzas, tomó un descanso y disfrutó de ese aroma que lo había enamorado. Pasar la cordillera y llegar a allí era agradable, revitalizante, así que Juan decidió marcar este lugar, para poder regresar con piedras de sal, que encontró a la mano, junto a aquellas plantas tan aromáticas que resaltaban la zona, además de las dulces piñas; la idea era verlo brillar siempre que pasara cerca.
Su objetivo final era el mar, por eso solo pudo descansar un día, era necesario retomar su camino, de modo que la marcha debía continuar. Pasaba el tiempo y Juan debía hacer muchas cruzadas entre el interior y el pacífico, así que aquel lugar se convirtió en parada obligada para tomar un maravilloso descanso. Con el tiempo Juan decidió poner un nombre a aquel paraíso encantado, para él, era la puerta del Pacífico, que se hizo famosa por sus plantas aromáticas y las piñas. Con el tiempo el ferrocarril y sus grandes costumbres le dieron fama a aquella puerta del Pacífico y se convirtió en Dagua, la tierra de la piña y el famoso quereme.

Amo

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